martes, 27 de noviembre de 2012

Querido chico de ojos verdes.

Hoy, después de tanto tiempo, he vuelto a soñar contigo. Estábamos en el lugar donde nos vimos por primera vez, ¿recuerdas? Pero sssh, no lo digas en voz alta, no quiero que se rompa la magia. Solo tú y yo sabemos donde fue. Sí, ahí. Justo en el lugar que estás pensando. Eramos unos críos, aunque al parecer no hemos cambiado mucho. Nos contamos nuestra corta vida en  tan solo una tarde y parecía que nos conocíamos de años. Nadie se hubiera imaginado que nos acabáramos de conocer. Teníamos los ojos brillantes, como cuando un niño se levanta el día de reyes y  se encuentra los regalos debajo del árbol. No sabe que es lo que hay debajo del papel, si le habrán traido lo que ha pedido, pero los abre como si se le fuera la vida en ello. Pues esto fue igual. Nos lanzamos a la piscina sin importar que es lo que pasaría cuando creciésemos, pero en ese momento eso era lo que menos nos importaba. Estábamos juntos en esto y para nosotros era algo irrompible, como un pacto. Pero, ¿qué pasó? Que el niño lo que encontró debajo del papel no era lo que él había pedido. Se llevó una gran desilusión al descubrir que no era lo que pensaba . Lo mismo pasó con esto. Nada termino pareciendo lo que era. Al principio sí, todo bien, todo genial, todo iba sobre ruedas hasta que dejó de rodar. Se paró en seco. Sin explicaciones, sin piedras de por medio, sin caídas de morros ni gente metiendo mierda. Todo acabó. El niño abrió el regalo demasiado rápido. Que le vamos a hacer. La paciencia no es una de nuestras virtudes. Ni lo era en aquellos tiempos, ni lo es ahora que han pasado siete años desde que nos conocemos. Aún así, gracias por aparecer aquel día nublado de Agosto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario