domingo, 21 de octubre de 2012

Realidad.

Y ahí estaba ella. Asomándose a la azotea cada cinco minutos para ver si ya había vuelto. Parecía una acosadora, pero lo necesitaba. Necesitaba saber todos y cada uno de sus movimientos y cuando se perdía algún segundo de su vida, el corazón le palpitaba como si se le fuera a salir del pecho. No entendía por qué tenía que pasarle eso a ella. Era algo irracional, sin sentido. Pensaba que según fueran pasando los días las cosas mejorarían, que todo acabaría bien. Pero no. Todo fue a peor. Cando parecía que las cosas podían tomar un rumbo distinto, que volveríamos a estar como al principio,  apareció quien no debía en el momento justo. Puto don de la inoportunidad. A partir de entonces se acabó. Se volvió loca, paranoica. Les perseguía allá a donde fuesen. Se escondía solo para espiarles. Para observar lo que hacían. Realmente daba pena. Bastante. Y ella lo sabía, eso era lo peor de todo. Lloraba a escondidas, no quería que nadie se diera cuenta de como se sentía en realidad. Ya solo faltaba eso, que diera de que hablar a la gente. Ojalá pudiese decir que la historia acaba con un final de película. Pero señores, esto es la vida real y los príncipes y princesas solo aparecen en los cuentos de Disney. Les dejo el final a su gusto, para evitar las decepciones.

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