Curiosa la frase "odio ver como te marchas, pero me encanta ver como te vas". Te pega que ni al pelo. Es algo contradictorio y con mucho sentido a la vez. Más de lo que pensamos. Porque cuando la persona con la que años atrás has compartido tantos momentos, tantos secretos y tantas historias, ahora lo único que sabe hacerte es daño, lo que más te gustaría en este instante es que desapareciese de toda la faz de la tierra. Aunque, en realidad es todo de boca. Es dolor lo que sientes. Dolor por ver lo que haces sin que te importe nada. Dolor por que durante el resto del año ni siquiera se acuerde de que existes. Duele. Muchísimo. Es como un dolor clavado en el pecho, que no te mata, pero molesta. Y te piensas que soy fuerte, pero en realidad no lo soy tanto. Lo peor de todo es que no soy nadie para decirte lo que tienes o no tienes que hacer, y menos aún para que me hagas caso. Es cosa tuya. Solo déjame decirte una cosa. Después de haberte escrito todo esto, te digo que me sigue encantando ver como sonríes, porque a pesar de que a ti no te importe nada, a mi si me importas tú. Y me importa verte sonreír. Porque me gusta tu sonrisa, no puedo evitarlo. Y me gustaría más aún si a quien sonrieses fuera a mi.
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