No lograba acordarme de cómo era tener calor. Él se alejó y los demás se me acercaron aún más, asfixiantes. Me pareció que aleteaba en mi pecho. No había sol; no había luz. Me estaba muriendo. No recordaba el aspecto del cielo. Pero no morí. Me perdí en un mar de frío, y después, al renacer, me vi en un mundo cálido. Recuerdo una cosa: sus ojos amarillos. Creí que jamás volvería a verlos.

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